
La televisión informaba de los estragos de la contaminación ambiental en Santiago. En off se daban cifras alarmantes y por la pantalla aparecían niños y ancianos auxiliados con oxígeno. Multitudes agolpadas en los hospitales, mientras angustiados médicos atendían enfermos hasta en los pasillos.
Lucía correctamente vestida, peinada y maquillada situada en un campamento de Santiago. Con el rostro y la voz en tono de denuncia enfatizaba que había gente inconsciente que, indiferentes a la catástrofe ambiental, seguía contaminando. Entonces, acercándose a una mujer que hacía una fogata le dijo: "Señora, ¿no sabe usted que está prohibido encender chimeneas y hacer fuego, que estamos en emergencia ambiental y niños y ancianos se ahogan mientras usted sigue contaminando?".
El micrófono, como dedo acusador de la sociedad, apuntó a la señora y la cámara enfocó su rostro que ocupó toda la pantalla. La señora de una edad indefinida, vestida pobremente, con pocos dientes y con un rostro de superada por la vida, le respondió: "Señorita, ¿y cómo hago entonces para cocinarles a mis hijos?". La cámara se abrió y apareció la periodista. Su cara de inquisidora se habían transformado en desconcierto, tal vez ella también era mamá y, por un momento, se había puesto en el lugar de la señora. Trató de hablar, pero se le apretó su garganta y con su mano hizo señales de cortar y que continuara el noticiario.
Esta situación real ilustra lo complejo que es el problema ambiental. Si aplicamos drásticamente las normas ambientales de los países ricos, que se desarrollaron expoliando el planeta, no podremos responder a las necesidades urgentes de muchos que necesitan cocinar para sus hijos. Por otro lado, si no cuidamos el medio ambiente, será pan para hoy y hambre para mañana.
Complica más aún resolver este dilema cuando los países ricos hacen campañas planetarias de alto impacto y financian fundaciones que sostienen a verdaderos misioneros fundamentalistas, que con mucho dinero, tecnología de punta y adeptos locales se empeñan en mantener nuestros países intocables como piezas de museos o lugares exóticos para vacaciones de millonarios. Los mismos que, hastiados de tanto confort, quieren tener un contacto esporádico con lo agreste, pero ni lo que aporta su turismo ni otras compensaciones cubre el costo de tener una país intocable. Mientras, se acalla que de los 6.000 millones de habitantes en el planeta, sólo los 300 millones de estadounidenses son culpables del 40 por ciento de las emisiones de gases dañinos.
Nos empeñamos en cuidar las ballenas, pero somos negligentes ante dos millones de chilenos que de hambre se comerían una de ellas. Ponemos el grito en el cielo por las torres eléctricas en la Patagonia, pero hacemos vista gorda con los pobres a los que hacemos vivir alrededor de ellas y que jamás visitarán la Patagonia. Alegamos por el agua, pero nadie dice nada de los muchos campamentos que sobreviven sin ella. Nos quejamos de las mineras, pero sin ellas no habría dinero suficiente para las pensiones.
Si el vital cuidado ambiental no va acorde con el desarrollo, seguiremos dependientes de los países ricos en una forma nueva y solapada de imperialismo.
Padre Felipe Berríos
5 de diciembre 2009


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